domingo, 29 de agosto de 2010

Jugando "caminitos"

Todavía están allí algunos rastros, en la "peña", a la orilla del camino que lleva a "el tanque", donde fuimos a lavar y traer agua tantas veces.
Así es; los "caminitos" que poco a poco fui construyendo a la orilla del camino y en los que jugué tantas horas de mi infancia.
Indudablemente este tiempo, tan sano, tan entretenedor, marcó rasgos importantes en mi personalidad y en mi memoria. Todavía recuerdo como si hubiera sido ayer, muchas de las jornadas de "trabajo duro" con el pequeño machete que, probablemente papá o uno de mis siete hermanos me había facilitado, y que usaba como "tractor" para trazar sobre el talud a la orilla del camino, las calles y carreteras, túneles, garajes, recibidores de café y otras "obras de ingeniería civil" que logré en mi calidad de niño en etapa de juegos.
Leía en estos días un comentario en La Nación (www.nacion.com) en el espacio denominado "De Padres a Padres", que hoy día los chiquillos no tienen dónde jugar al aire libre y por esto son absorbidos por los juegos electrónicos o la internet durante horas y horas. Comenta la autora de la necesidad de buscar y facilitar a nuestros hijos espacios abiertos, contacto con la naturaleza y demás.
Bueno eran otros tiempos. Por mi mente ni se asomaba la idea de internet, ni siquiera de una computadora, no recuerdo si alguna vez leí, en esa época, sobre esas asombrosas máquinas. La única máquina de cálculo que conocía, y algunas veces "travesiaba" era la sumadora mecánica que tenía papá en su oficina, siendo administrador de las fincas de café de don Pepe.
No todos mis carros de plástico o metal, que ya se encontraban con no tanta frecuencia y mis camiones de madera, que eran los más comunes y apetecidos, podían transitar en los caminitos de la peña. Estos tenían un ancho limitado, de unos 5 centímetros. Algunos tramos estaban "asfaltados" con ceniza de la cocina de leña de mamá. El proceso de asfaltado era muy interesante y posiblemente genera mucha destreza motora el tomar puñados de ceniza y rozarlos con la mano sobre la superficie del caminito hasta lograr un color negro, parecido al de la capa asfáltica de no sé que carretera por la que me llevaron, ya que en esos años no habían muchas carreteras cercanas con asfalto.
Sí, estoy tratando de que mi hijo de diez años, se ilusione por perforar la peña a la entrada de nuestra casa y trazar algunos caminitos. Probablemente quiero mirar retrospectivamente hacia los años 1968 a 1975 aproximadamente, cuando en mi infancia
disfruté, rodeado de la tranquilidad y del aire limpio de los encinales y cafetales de Bustamante, del tiempo que mi familia me facilitó en un ambiente familiar también tranquilo y limpio. Sin duda un panorama envidiable en estos días del 2010, pero todavía rescatable para muchas regiones de nuestro país, donde todavía los niños pueden jugar con carros y camiones, ya no tantos de madera, a la orilla del camino.

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